Salir de llegadas y ver a nuestro conductor esperándonos ya con un cartelito con nuestro nombre instantáneamente alivió la tensión tras un largo vuelo. Mis amigos y yo teníamos unas horas entre conexiones, y el equipo organizó un pequeño recorrido relajado por la Ciudad Vieja con justo el tiempo necesario para pasear sin sentirnos apresurados. El coche estaba limpio, silencioso, y el agua embotellada fue un pequeño pero bienvenido detalle tras el aire seco del avión. El tráfico de regreso al aeropuerto fue un poco más lento de lo esperado, pero el conductor lo había planificado, así que nunca nos sentimos ansiosos por nuestro próximo vuelo. La suave luz de otoño sobre la ciudad y el ritmo más lento hicieron que toda la escala se sintiera más como una visita corta que como una parada.